miércoles, 15 de septiembre de 2010

Reflexionando el Bicentenario: hacia una Independencia Ciudadana

Dr. Horacio Erik Avilés Martínez.

Estimados amigos, no hay plazo que no se cumpla y finalmente se nos vino la semana del Bicentenario. Aderezada por un decreto que declara asueto los días 15, 16 y 17 de septiembre, así como la destinación de miles de millones de pesos a la realización de actividades conmemorativas públicas en toda nuestra nación, la mayoría de los mexicanos disfrutaremos de cinco días inhábiles en los cuales estaremos realizando festividades en torno al aniversario del inicio de la gesta independentista, con el Grito de Dolores.

Esperemos que tales medidas tengan un efecto positivo en la formación en Historia de los estudiantes de primaria y secundaria en nuestro país, y sea al menos suficiente para en alguna medida subsanar las tremendas lagunas en la formación en temas históricos que evidenció la Prueba ENLACE, incluso por encima de las matemáticas en ciertos grados, niveles, modalidades y entidades federativas. En promedio, ocho de cada diez estudiantes de nivel básico poseen conocimientos insuficientes de Historia, lo cual no deja sino un sabor amargo ante la irreverente ironía con la cual una prueba censal arremete contra nuestra ligereza de ánimo y nos sitúa en la realidad del desconocimiento de la respuesta a una pregunta elemental como es de dónde venimos.

La encuesta que realizó Mitofsky hace apenas un mes entre la ciudadanía también evidenció la ignorancia en la cual nos encontramos sumidos al respecto, al señalar que solamente uno de cada seis mexicanos conoce la fecha de consumación de nuestra Independencia. Sólo el cuarenta y cuatro por ciento de los universitarios conocen el nombre del primer Presidente de México. Se dice que el que olvida su pasado está condenado a repetirlo, pero en asuntos históricos, parece no ser necesario recordar adecuadamente lo aprendido para culminar adecuadamente la formación universitaria.

Por ello, hay que plantearnos adecuadamente cómo vamos a aprovechar este asueto. El tiempo libre es difícil porque casi siempre se nos presenta como extra, oportuno, licencioso y pertinente para olvidarnos de los problemas cotidianos. En particular, parece más que evidente que es una gran oportunidad para, simbólicamente, calzarnos nuestro gabán y sombrero y festejar dormitando bajo un nopal, mientras transcurre el tiempo hasta llegar al lunes veinte a retomar nuestras actividades cotidianas.

Actualmente, se ha dado por llamar a la presente, “Generación del Bicentenario”. Becas Bicentenario, autos del Bicentenario, etcétera. Ya pareciera ser más un slogan que una verdadera reflexión conmemorativa, incitando a transformar nuestra realidad, a retrotraer nuestras acciones cotidianas a un contexto como el novohispano, para poder mejor vivenciar la trascendencia de nuestras acciones a través de la interpretación asertiva de nuestra historia.

Para tal efecto, parece imposible dejar de tener en cuenta en todo momento que en la memoria colectiva de nuestro país, tal pareciera que al arribar el último cuatrimestre del décimo año de cada siglo subsecuente, habrá una revuelta armada que transformará el sistema político imperante en nuestra nación. Por ello, se entiende la lógica del mutis, de la celebración llana. Se entiende pero no se justifica. El argumento sería porque tal vez, con la tecnología armamentista que existe en estos tiempos, nuestro país no soportaría otra lucha intestina de tal magnitud. Por supuesto, como en todo ejercicio de violencia, los más perjudicados ante cada embate, son los más indefensos, esto es, los niños, los jóvenes, las mujeres, los discapacitados, los más pobres. Vale entonces la pena aminorar la presión social a través de festividades simplemente. Si no la podemos dotar de significado, al menos puede venderse. Esto es, preservar los íconos a costa de perder sus significados.

Ante tal contexto, debería ser entonces impensable lograr un cambio social en nuestro país por medios violentos. Las alternativas están al alcance de la confianza y capacidad de articulación social de todos nosotros.

En el largo plazo, tal vez la alternativa más sólida y eficaz que pueda llegar a existir, a la vez que sumamente pacífica y encomiable, es mediante la educación. Pero una educación de calidad, que logre incitar a la reflexión de todos.

Pero estos recuerdos de los orígenes de nuestra patria, si son adecuadamente interpretados por los ciudadanos mexicanos pueden trocarse en una memoria de corto plazo, viva, con una agenda de ingentes cabos sueltos y reclamos de justicia social que han quedado en el pasado.

Por ello, una de las peores tragedias que pueden ocurrir a una nación es el olvido, que es tal vez el peor enemigo existente de la conformación de ciudadanía. Cuando olvidamos nuestras leyes, nuestros valores, nuestra identidad, nuestro legado, estamos próximos a dejar de ser merecedores a ser llamados ciudadanos.
La responsabilidad de organizar los festejos públicos, la de guiar los destinos de los recursos públicos hacia actividades alegóricas de la Independencia de México, recae en los funcionarios, pero la responsabilidad de repensar nuestra historia, de reinventar nuestra concepción de nación, socializarla y hacerla vigente en nuestro microcosmos es individual y completamente inalienable.

Cada uno de nosotros somos una microhistoria que está siendo vivida en una cáscara de nuez flotando en el mar de mexicanos. ¿Cómo sortear las tempestades? Tal vez uniéndonos, la solidaridad humana es la única manera de alcanzar el bien mayor y la comprobación de tal axioma está escrita con letras de oro en la historia de la especie humana.

Y en ello, sin duda desempeña un papel muy importante la historia, que hay que redimensionar, que hay que imaginar Por ejemplo: ¿qué haríamos en el lugar de cada uno de esos próceres que mencionan los libros?, es decir, si nuestra vida se llevase al pasado doscientos años ¿hubiéramos sido conspiradores, realistas, moderados, liberales? ¿hubiésemos sido personas normales, apoyaríamos el movimiento independentista con nuestras acciones cotidianas?, ¿hubiéramos sido solamente apáticos o traidores? Y así hasta el infinito, en donde la capacidad de introspección es la única limitante.
Esos tres días sirvan para reflexionar y hacer conciencia respecto a cuestiones como qué es lo que nos falta en nuestro país, en nuestro entorno, y qué estamos dispuestos a sacrificar para lograrlo. Cuáles son los temas, cuál es la agenda independentista que nos embarga a los ciudadanos. Cuál de los problemas puede solucionarse más próximamente con la acción consensuada y decidida de todos los mexicanos, de nuestros vecinos, de nuestra familia.
Ejercicios como el que líneas arriba propongo al amable lector considero puede repercutir en que tengamos mejor puesta la bandera los mexicanos y salgamos a cumplir con nuestros deberes cotidianos con una conciencia más profunda y fresca, por supuesto, si aún guardamos un pequeño luto y admiración por quienes se aventuraron a derrocar un régimen desigual e injusto en aras de lograr un bien mayor para una nación aún en gestación.
En particular, en Michoacán es un gran momento para que exista una conspiración contra un enemigo implacable, que es más antiguo, omnipresente, antidemocrático, injusto, traicionero y controlador que el propio ejército realista de hace 200 años: el rezago educativo. En el cómo, en el cuánto, en el quiénes, en el alcance prospectivo de las políticas que se puedan hacer, es en donde hay que centrarnos, pero no perdernos en el camino. En caso de no recibir ese gran llamado por parte de los actores públicos, de los responsables de las políticas educativas en la entidad, deberemos de ser lo suficientemente conscientes como para comenzar a brindar mayor atención a la educación de nuestros hijos, vecinos y jóvenes que nos rodean. ¡Pero sin olvidarnos de educarnos a nosotros mismos!
Las razones sobran, las cifras son apabullantes. Desempleo, migración, “ninis”, delincuencia organizada, etc. Las recientes cifras del INEA, que sitúan a Michoacán en el segundo lugar nacional en rezago educativo no dejan lugar a dudas: el principal enemigo de nuestro estado es el rezago educativo y superarlo es lo más redituable en el largo plazo que podemos realizar.
Reitero, la historia nos señala precisamente que la mejor de las respuestas no es la vía armada. Sino la organización de la sociedad civil la que puede, en esfuerzo inteligente y estratégico, ir derrocando las tendencias que nos sumergen en el mal vivir, para lograr una independencia cívica, generada por ciudadanos comprometidos, participativos y con las manos inmersas en el problema, construyendo la solución, para que seamos recordados como una generación del esfuerzo.
Por supuesto, en todo lo dicho anteriormente aún queda un enorme vacío por llenar: la transmisión que haremos del legado histórico a las próximas generaciones. Cuando platiquemos a nuestros hijos o alumnos que en 1810 se levantaron en armas los mexicanos para sacudirse el yugo español, que en 1910 se gestó una revolución para acabar con la dictadura de Porfirio Díaz, sin duda nos preguntarán: ¿y qué pasó en 2010? Tendremos que ir preparando nuestro inventario para entregar buenas cuentas del derrotero de nuestra nación a los próximos mexicanos, quienes en unos cuantos años estarán realizando cuestionamientos inquisitivos a los adultos que en este año pudimos realizar un esfuerzo significativo por transformar esta realidad que a millones de mexicanos y michoacanos en particular lacera cotidianamente.

Estoy a sus órdenes en eaviles@mexicanosprimero.org

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