Dr. Horacio Erik Avilés Martínez
El Ciclo Escolar 2010-2011 comienza este 23 de agosto en nuestra entidad. Ante su inminente arranque, comienzan también las manifestaciones que desde hace dos décadas se repiten periódicamente en el Centro Histórico de Morelia: a gritos, consignas y arengas, cerrando las vialidades.
En particular, la pasada semana, hubieron varias manifestaciones de esta índole que desquiciaron el tránsito vehicular en nuestra ciudad, ya de por sí asolado por los torrenciales aguaceros y la creciente aparición de baches.
Algunos optamos por protestar de otras maneras o simplemente guardamos un prudente silencio. Otros leemos o nos informamos por la radio mientras avanza el contingente. Unos pocos sacian vanamente su impotencia a través del claxon de nuestro auto, sin más remedio que esperar, porque unos cuantos, en el ejercicio de sus derechos de reunión y expresión se han apropiado del derecho de tránsito de la mayoría, una vez más.
En la radio, televisión y en columnas periodistas locales se cansan de criticar esto. En particular, suelen entrevistar a los trabajadores del transporte, quienes unánimemente se quejan, aunque ellos en más de alguna ocasión han incurrido en este tipo de medidas. Pero ¿y la enorme mayoría de los morelianos qué posicionamiento hemos asumido? ¿Autoridad alguna nos ha tomado en cuenta al respecto? ¿Los marchistas se han acercado a consultar la voluntad de los ciudadanos?
Las pérdidas en comercios establecidos son del orden de millones de pesos, por las escasas ventas, imposibilidad de acceder a los locales comerciales y en ocasiones, por los daños materiales que realizan los manifestantes. Por ende, hay quienes ante las marchas cierran sus negocios y dan por concluido el día. La imagen que se brinda a los turistas no es tampoco la más idónea, en una ciudad Patrimonio de la Humanidad, que es secuestrada sin reparar en las consecuencias que ello tiene. Los pronunciamientos de parte de las cámaras de comercio y servicios son reiterados, aunque parecen no tener mayor eco. Las microempresas del centro histórico de Morelia son víctimas cotidianas de problemas que evidentemente deben de tener soluciones alternas. Definitivamente la ropa sucia sí se lava en casa; pero esto no se debería hacer en la sala, en donde recibimos a nuestros visitantes.
Todos sabemos que este tipo de medidas son muy efectivas. Aunque ello ha desencadenado que haya auténticos profesionales de la arenga en el asfalto, quienes han hecho de estas manifestaciones un medio muy eficaz para obtener prebendas. Otros, en cambio, protestan ante injusticias y el silencio de los gobernantes que deberían de atenderlos. A los funcionarios les hacen pagar el costo de su inacción con enormes daños colaterales.
Pero, ¿cómo saber cuáles marchas son legítimas, válidas y cuáles son simplemente, medidas de presión política para llevar agua al molino de alguna facción ante el inminente avecinamiento de tiempos electorales?
Dicho de otra manera: ¿cómo distinguir una reverenda puntada de algún político decadente de una transgresión a los derechos elementales de los sectores más marginados de nuestra sociedad?
Uno de los problemas que hay que enfrentar en aras de lograr una solución integral es que “marchas vemos, razones aun no sabemos”. Por ejemplo, no se ha debatido suficientemente el llegar al punto de preguntarnos todos los morelianos si la marcha, una táctica de guerrilla urbana está agotada, o si aun deberá de rendir frutos para conseguir rápidamente audiencias.
Tal vez todos deberíamos de unirnos para pedir que no se vuelvan a realizar marchas ni plantones. Pero desde diferentes ángulos. Uno de los más apremiantes es el de la transparencia.
En Morelia, la gran mayoría de las marchas las realizan las fracciones magisteriales. En particular, la fracción democrática que encabeza el profesor Jorge Cázares Torres, dirigente estatal de la CNTE. En días pasados le hice la pregunta directa: ¿por qué marchar?
El profesor respondió que no marchan por gusto, sino por necesidad, ya que en muchas ocasiones no les hacen caso. Abunda al respecto: se realizan abusos en contra del gremio magisterial, existen condiciones muy precarias para el ejercicio de su labor profesional, y ante ello realizan pliegos petitorios, en ocasiones se firman minutas, que no se cumplen, o simplemente no se les da audiencia. Me parece que es una postura que en muchas ocasiones parecemos olvidar el resto de los morelianos y los descalificamos sin conocer a fondo sus razones. ¿Pero quién nos informa al respecto? El silencio connivente del gobierno al respecto, o las explicaciones a media tinta son inaceptables.
Sin embargo, las preguntas surgen por racimos:
¿Por qué marchar en horas y días laborables?, ¿cuántas veces hemos contemplado una marcha dominical?, ¿por qué sobre las calles y no sobre las banquetas?, ¿por qué mejor realizan un mitin en una plaza?, ¿por qué no hacen sus marchas y plantones en las oficinas o domicilios de los funcionarios?, ¿en verdad el maestro marchando también está educando?, cuando tienen éxito ¿por qué no publican inmediatamente los acuerdos que se firman?, ¿los acuerdos que firma el gobierno bajo presión tienen validez legal?, etc. Aunado a lo anterior, si los marchistas son profesores, multiplique usted por treinta el número y obtendrá la cantidad aproximada de niños que se han quedado sin clases durante al menos un día.
¿Cómo encontrar el equilibrio, un justo medio en el cual nadie salga perjudicado y todos ejerzamos nuestros derechos en plenitud?
En Michoacán, la fracción del PAN del Congreso Local ya hizo la propuesta de realizar legislación al respecto, para reglamentar las famosas marchas. Ello, hasta el momento, no ha sido bien acogido por el resto de los partidos, argumentándose que sería restringir las libertades ciudadanas. Paralelamente se han hecho propuestas tales como la construcción de un marchódromo, escaparate para las demandas ciudadanas.
El problema es complejo, ya que exhibe los abusos y defectos de un sistema democrático que es insuficiente para garantizar el ejercicio pleno de los derechos de todos los ciudadanos. Por ello, se requiere de una solución integral y no simplemente borrarlas o reubicarlas de un plumazo.
Creo que parte de la solución radica en eficientizar los procesos de interlocución de la sociedad ante las entidades gubernamentales, ya que la mutua connivencia parece ser el tema común en este tipo de medidas: unos dicen que no se les atiende, otros dicen que jamás se les consultó, pero salvo contadas excepciones, nadie denuncia de manera formal ni exhibiendo pruebas documentales. ¿Habrá manera de lograr responsabilizar a alguien por las marchas? Es decir, que se integren expedientes y se difundan a través de los medios masivos de comunicación y pruebas testimoniales en medios digitales. En la medida en que se obligue al gobierno y a los marchistas a informar las causas, efectos y seguimiento dado a las razones de tales manifestaciones habrá mayores posibilidades de debatir públicamente respecto de su validez y responsabilizar a quienes socavan nuestros derechos de tránsito y trabajo.
Si no tienen justificación ni vergüenza, se habrá de pedir el empleo de la fuerza pública para permitir el libre tránsito sin que la sociedad reclame al respecto, sino que más bien aplauda la medida, como ya ha ocurrido en algunas ocasiones.
Ya es manifiesto el hastío y desesperación de centenas de miles de morelianos que dependemos de las vialidades para trasladarnos y lograr mejorar nuestro estilo de vida.
¿O vamos a tener que entrar en la misma lógica y organizar una marcha general en Morelia para presionar a los actores gubernamentales para que ya jamás vuelva a haber marcha ni plantón alguno? A ellos les hacen caso marchando. Entonces nos marcan la línea para que los ciudadanos nos manifestemos con energía al respecto.
Indudablemente, para este tipo de cuestiones sería invaluable que existieran figuras de participación ciudadana tales como el plebiscito, para poder consultar a la opinión pública respecto a la validez de realizar marchas. Mientras se legisla al respecto, por lo menos, hay que exigir todos, desde nuestros ámbitos de opinión que se nos informe. Qué pasa con las marchas, quién las organiza, cuáles son sus fines, por qué se agotó el diálogo, en qué punto se rompió el trámite, quién es el responsable y cuáles son las pruebas documentales. La condena, repudio y apoyo popular deberán de venir en consecuencia, ya que quienes han decidido ventilar ante la sociedad sus pugnas, deberán de tener la decencia de informar cabalmente a los involuntarios damnificados. Las consignas y arengas no bastan, ni tampoco el número de personas que se amontonan, sino la fuerza que tengan por sí mismas las demandas que realizan. Por ello, hay que comenzar por informarnos a todos con plena suficiencia.
Esto, por supuesto, si se conciben a sí mismos como ciudadanos y no como clase marchista, y se identifican con todos los afectados. El gobierno deberá hacer lo propio al respecto, justificando plenamente su accionar y seguimiento, si es que en verdad nos representa.
Estoy a sus órdenes en erik.aviles@mexicanosprimero.org.
lunes, 23 de agosto de 2010
sábado, 14 de agosto de 2010
Nuestra Juventud, el Pagaré Demográfico.
Dr. Horacio Erik Avilés Martínez
Sí, hoy más que nunca el famoso bono demográfico parece convertirse en un pagaré, al cual el tiempo que transcurre durante la inacción de todos los michoacanos solamente incrementa el monto. Día Internacional de la Juventud, es materia de celebración ó de volcar la atención plena a un sector pujante pero excluido por las políticas públicas que deberían de aprovechar la plenitud con la que se vive de los 12 a los 29 años, para consolidar la nación.
En particular, esfuerzos aislados pero insuficientes hasta el momento son los que caracterizan a esta sociedad michoacana en torno a una población que parece haber sido artificialmente fijada durante diecisiete años en una etapa de vida que ni siquiera se acierta a incluir como parte de un proceso natural de construcción de ciudadanía.
Ante esto, se frotan las manos los que mencionan que México cuenta con un bono demográfico que definen como una proporción elevada de jóvenes en edad productiva, que deberían producir más que nunca. A esos les digo que lo mismo nos pasó con el petróleo, gracias al cual íbamos a administrar la riqueza, pero acabamos importando gasolina. Con los jóvenes parece vivirse algo semejante, ya que los enviamos al exterior y a cambio recibiremos ayuda internacional para someter al orden a aquellos que se quedaron y no supimos educar con calidad, corresponsabilidad y compromiso.
Sin embargo, señalan las proyecciones economicistas que tenemos que aprovechar el momento y lograr que los jóvenes se esfuercen para construir la patria del futuro. Y hay quienes están motivados por tales cifras y se esfuerzan por ser mejores. Pero aún no se logra el consenso, muchos ya no se llenan con el discurso.
Las arengas son constantes, los esfuerzos desesperados, la sociedad establecida se desgañita invitando a los jóvenes a acercarse a las instituciones establecidas, a tomar los caminos habituales, los sistemas de éxito ya preestablecidos. Pero estas propuestas e iniciativas no las compran, y la juventud parece ser para muchos una condena que sobreviven como pueden. O buscan alternativas alejadas de los caminos que llevó a sus propios padres a vivir la vida que contemplan y critican minuciosamente: ¿cómo venderles una historia de éxito cuando sus padres sólo lograron un Volkswagen y casa de Infonavit después de 20 años de trabajo, haciendo exactamente lo mismo que les piden ahora que hagan? Es un insulto a su inteligencia.
Por ello es difícil cerrarles las puertas al dinero fácil, aún diciéndoles que serán carne de cañón, porque muchos eligen vivir rápido y morir de prisa, gozando lo que se adquiere en plenitud. La narcocultura parece hecha a la medida para los jóvenes. Pero no todos lo logran, muy pocos lo logran. Pero ¿qué alternativas ofrece el sistema?
Hoy cumple 11 años el Día internacional de la Juventud, aproximándose al final de su infancia.
El próximo año, habrá tocado la adolescencia y con ello, comenzará a ser joven. Vivirá la realidad de las implicaciones colaterales respecto a una aparente celebración, o a un derrame de cifras aisladas y alarmantes, secundadas por un ignominioso mutis respecto a las políticas transversales de atención a la juventud en sus problemas esenciales: empleo, salud y educación.
Con esto, y acercándose más a la comprensión de la gravedad del fenómeno, de la olla de presión en que se ha transformado una etapa de la vida, comenzarán a pedirse se borren los estereotipos; no más generaciones X, Y ni Z que parecieran intentar reducir a literales algebraicas el albedrío de millones de jóvenes. Si en lugar de reducir a literales, se encontraran los mínimos comunes multiplicadores de las potencialidades humanas, las estadísticas cobrarían más sentido. Porque son jóvenes con nombre y apellido, con vida, ilusiones y destinos. Los jóvenes son seres humanos. Es decir … son seres humanos.
Ser joven es –estadísticamente hablando- ser excluido. Ser joven en el segundo país más desigual del mundo no es tarea fácil. Menos lo es en una entidad en los últimos lugares de competitividad en el país.
En ese tenor, el joven michoacano -también por estadísticas- tiene rostro moreno. Si es estudiante, va a universidad pública o escuela normal. Es también por probabilidades, el vendedor de chicles, el valet parking, el repartidor de pizzas. Es también el resentido de cerveza en la banqueta, es la madre soltera, el padre involuntario, es el drogadicto, es el alcohólico, es el detenido en el retén, es el golpeado, es el amenazado en su escuela, es el deportista precozmente retirado, es el televidente, es recién egresado experto en vivir el desempleo por su inexperiencia, es sin embargo, el wanna be. Porque es el que sueña sin tocar en el corto plazo lo que imagina.
Es el migrante, un wet back. Es el cadáver carcomido en el desierto de Arizona. Es el fanático deportivo, es aún “la Locura 81”, es el espontáneo del grito impertinente en el aula de clases. Es, por ende, el reprobado. Es el limpiaparabrisas. Es el torso cubierto de pintura plateada al mediodía en el semáforo. Es el asesinado. Es el cuerpo disuelto en sosa cáustica. Es el de la palabra cáustica ignorada, es el del SIDA, el conductor del auto prensado. Es el resignado vendedor de centro comercial, la demostradora de productos insufribles. Es el vendedor de puerta en puerta, el milusos, el eterno vigilante del movimiento de vehículos oficiales, es el flaco que cabe entre los barrotes de las casas. Es la edecán. Es la secretaria multifuncional. Es el gordo que vende
boletos en el centro nocturno y es la muchacha del tubo cromado, Es el desempleado. Es ser subempleado. Es ser mal pagado. Es ser tentado por las ofertas del narco. Es desear y no tener. Es la cruz en el muro fronterizo. Juventud es el muro fronterizo. Ser joven es la propia cruz. Es ser “Pobre CONEVAL” en al menos cuatro dimensiones más de las que señala el organismo, porque eres pobre a lo largo, a lo ancho y profundo de tu realidad, durante la línea del tiempo, Es tener rezago educativo, es mirar graduarse de la facultad a trece compañeros de la primaria, mientras con otros ochenta y seis acarreas botes de mezcla en el “colado”.
Es el hueco en el estómago por todo lo que se desea de este enorme aparador que parece inalcanzable en que se ha convertido la vida en inequidad. Es mirar a los adultos de hoy y reprocharles con tu existencia por la inequidad en la que han sumido la realidad en que nos encontramos.
Es sin embargo, proponer con la propia existencia. Tal vez es asumir el reto de reconstruir lo que se dañó.
Por ello, felicidades a los jóvenes, porque lo son aunque no eligieron serlo. Irredentos, galopantes, líricos, visionarios, inexpertos, de ojos sorprendidos y maravillados, como pocas veces contemplamos a los que han dejado atrás sus mejores días y han elegido una máscara.
Hay que señalar que quienes tienen oportunidad se desmarcan, liberándose de la etiqueta de jóvenes y se incorporan al mundo de los adultos, en el vestir, en el hablar, en el actuar. Los que tienen herencia, los que logran ganar una vacante, los que estudian, los que se relacionan, las que son bonitas. Los que son hábiles socialmente. Esos pocos, ya pudieron, pero los más permanecen en el México del “no se puede porque estamos chavos”.
Son dos realidades diferentes, y entre los oprimidos y los ganadores hay una gran masa que no se atreve, que parecen seguir diciendo “hey, qué pasará”, una consigna que Linda Perry popularizó y que, ciertamente, ya alcanzó la mayoría de edad, sin obtener respuesta alguna.
Si caminas por la noche en las calles, ser joven parece ser un delito cuando no hay qué perseguir sino el ímpetu, el debate y el cuestionamiento del status quo. Ser contestatario, irreverente y agresivo está bien visto en el deporte, en los juegos y mecanismos distractores que retrasan la inclusión social. Y con ello, al aceptar la situación, se matiza y preserva el status quo. De cuando en cuando algunos pocos se incorporan, mayormente muy formales, son quienes entienden la lógica con que funciona el mundo.
Sí, hay que educar a los jóvenes, pero también hay que educarnos para aceptar a los jóvenes y abrir puertas que permanecen cerradas, para todos aquellos que no digieren el hecho de que nuestra iniciativa es México y aun no están allende el Bravo.
Es momento de hacer una reflexión y repensar las políticas de juventud, que deben ser completamente transversales, integrales, preventivas, asistenciales, solidarias y subsidiarias, inteligentes y anticipatorias. Las entidades encargadas de juventud deben dejar de buscar ser gobiernos pequeños, para convertirse en gestores y promotores de auténticas soluciones para la tercera parte de la población en el país. Dejar de preocuparse por protagonizar programas y generar impactos, efectos colaterales con su accionar.
No es posible seguir pensando que las instancias de juventud sean las que brinden distractores, espacios para practicar deportes, etcétera cuando eluden por completo el debate: cómo integrar socialmente a los jóvenes con plena sustentabilidad, que sean verdaderamente constantes sus carreras. Pero también, hay que entenderlo, dentro de los tres órdenes de gobierno, no pareciera siquiera haber espacios de gestoría, los intersticios por donde ubicarlos parecen cerrarse cada vez más.
La educación parece ser la solución, pero no como la que existe actualmente: una educación para una minoría, que genera frustraciones tanto para los que ingresan a un interminable sistema meritocrático en el cual entretenerse mientras llega el tiempo de casarse y tener hijos. Se requiere una verdadera educación de calidad, transformadora, que desenvuelva las potencialidades de la juventud y les permita insertarse con la ventaja de su pujanza en una sociedad abierta para ellos.
Es tiempo de pronunciarse a favor de dejar de ser un sector oprimido, olvidado, laxo, amorfo y posicionar la educación de los michoacanos como la más importante de las herencias y comprometernos a fondo con una educación de calidad, competitiva, que nos permita soñar con vivir donde queramos, que no nos ate al subempleo, a los programas asistencialistas.
Estamos en tiempo de exigir con dignidad el mejor de los activos, que por ley, como derecho humano asiste a todos. Y hay que desearla y buscarla con el mismo ánimo con el cual escapamos de los incontables futuros no deseados que señalábamos hace algunos párrafo, luchando día tras día con la misma intensidad con que se sufre esta metamorfosis, esta transición dolorosa de la cual no todos los michoacanos -como las estadísticas lo dicen- han salido bien librados.
Estoy a sus órdenes en erik.aviles@gmail.com
Sí, hoy más que nunca el famoso bono demográfico parece convertirse en un pagaré, al cual el tiempo que transcurre durante la inacción de todos los michoacanos solamente incrementa el monto. Día Internacional de la Juventud, es materia de celebración ó de volcar la atención plena a un sector pujante pero excluido por las políticas públicas que deberían de aprovechar la plenitud con la que se vive de los 12 a los 29 años, para consolidar la nación.
En particular, esfuerzos aislados pero insuficientes hasta el momento son los que caracterizan a esta sociedad michoacana en torno a una población que parece haber sido artificialmente fijada durante diecisiete años en una etapa de vida que ni siquiera se acierta a incluir como parte de un proceso natural de construcción de ciudadanía.
Ante esto, se frotan las manos los que mencionan que México cuenta con un bono demográfico que definen como una proporción elevada de jóvenes en edad productiva, que deberían producir más que nunca. A esos les digo que lo mismo nos pasó con el petróleo, gracias al cual íbamos a administrar la riqueza, pero acabamos importando gasolina. Con los jóvenes parece vivirse algo semejante, ya que los enviamos al exterior y a cambio recibiremos ayuda internacional para someter al orden a aquellos que se quedaron y no supimos educar con calidad, corresponsabilidad y compromiso.
Sin embargo, señalan las proyecciones economicistas que tenemos que aprovechar el momento y lograr que los jóvenes se esfuercen para construir la patria del futuro. Y hay quienes están motivados por tales cifras y se esfuerzan por ser mejores. Pero aún no se logra el consenso, muchos ya no se llenan con el discurso.
Las arengas son constantes, los esfuerzos desesperados, la sociedad establecida se desgañita invitando a los jóvenes a acercarse a las instituciones establecidas, a tomar los caminos habituales, los sistemas de éxito ya preestablecidos. Pero estas propuestas e iniciativas no las compran, y la juventud parece ser para muchos una condena que sobreviven como pueden. O buscan alternativas alejadas de los caminos que llevó a sus propios padres a vivir la vida que contemplan y critican minuciosamente: ¿cómo venderles una historia de éxito cuando sus padres sólo lograron un Volkswagen y casa de Infonavit después de 20 años de trabajo, haciendo exactamente lo mismo que les piden ahora que hagan? Es un insulto a su inteligencia.
Por ello es difícil cerrarles las puertas al dinero fácil, aún diciéndoles que serán carne de cañón, porque muchos eligen vivir rápido y morir de prisa, gozando lo que se adquiere en plenitud. La narcocultura parece hecha a la medida para los jóvenes. Pero no todos lo logran, muy pocos lo logran. Pero ¿qué alternativas ofrece el sistema?
Hoy cumple 11 años el Día internacional de la Juventud, aproximándose al final de su infancia.
El próximo año, habrá tocado la adolescencia y con ello, comenzará a ser joven. Vivirá la realidad de las implicaciones colaterales respecto a una aparente celebración, o a un derrame de cifras aisladas y alarmantes, secundadas por un ignominioso mutis respecto a las políticas transversales de atención a la juventud en sus problemas esenciales: empleo, salud y educación.
Con esto, y acercándose más a la comprensión de la gravedad del fenómeno, de la olla de presión en que se ha transformado una etapa de la vida, comenzarán a pedirse se borren los estereotipos; no más generaciones X, Y ni Z que parecieran intentar reducir a literales algebraicas el albedrío de millones de jóvenes. Si en lugar de reducir a literales, se encontraran los mínimos comunes multiplicadores de las potencialidades humanas, las estadísticas cobrarían más sentido. Porque son jóvenes con nombre y apellido, con vida, ilusiones y destinos. Los jóvenes son seres humanos. Es decir … son seres humanos.
Ser joven es –estadísticamente hablando- ser excluido. Ser joven en el segundo país más desigual del mundo no es tarea fácil. Menos lo es en una entidad en los últimos lugares de competitividad en el país.
En ese tenor, el joven michoacano -también por estadísticas- tiene rostro moreno. Si es estudiante, va a universidad pública o escuela normal. Es también por probabilidades, el vendedor de chicles, el valet parking, el repartidor de pizzas. Es también el resentido de cerveza en la banqueta, es la madre soltera, el padre involuntario, es el drogadicto, es el alcohólico, es el detenido en el retén, es el golpeado, es el amenazado en su escuela, es el deportista precozmente retirado, es el televidente, es recién egresado experto en vivir el desempleo por su inexperiencia, es sin embargo, el wanna be. Porque es el que sueña sin tocar en el corto plazo lo que imagina.
Es el migrante, un wet back. Es el cadáver carcomido en el desierto de Arizona. Es el fanático deportivo, es aún “la Locura 81”, es el espontáneo del grito impertinente en el aula de clases. Es, por ende, el reprobado. Es el limpiaparabrisas. Es el torso cubierto de pintura plateada al mediodía en el semáforo. Es el asesinado. Es el cuerpo disuelto en sosa cáustica. Es el de la palabra cáustica ignorada, es el del SIDA, el conductor del auto prensado. Es el resignado vendedor de centro comercial, la demostradora de productos insufribles. Es el vendedor de puerta en puerta, el milusos, el eterno vigilante del movimiento de vehículos oficiales, es el flaco que cabe entre los barrotes de las casas. Es la edecán. Es la secretaria multifuncional. Es el gordo que vende
boletos en el centro nocturno y es la muchacha del tubo cromado, Es el desempleado. Es ser subempleado. Es ser mal pagado. Es ser tentado por las ofertas del narco. Es desear y no tener. Es la cruz en el muro fronterizo. Juventud es el muro fronterizo. Ser joven es la propia cruz. Es ser “Pobre CONEVAL” en al menos cuatro dimensiones más de las que señala el organismo, porque eres pobre a lo largo, a lo ancho y profundo de tu realidad, durante la línea del tiempo, Es tener rezago educativo, es mirar graduarse de la facultad a trece compañeros de la primaria, mientras con otros ochenta y seis acarreas botes de mezcla en el “colado”.
Es el hueco en el estómago por todo lo que se desea de este enorme aparador que parece inalcanzable en que se ha convertido la vida en inequidad. Es mirar a los adultos de hoy y reprocharles con tu existencia por la inequidad en la que han sumido la realidad en que nos encontramos.
Es sin embargo, proponer con la propia existencia. Tal vez es asumir el reto de reconstruir lo que se dañó.
Por ello, felicidades a los jóvenes, porque lo son aunque no eligieron serlo. Irredentos, galopantes, líricos, visionarios, inexpertos, de ojos sorprendidos y maravillados, como pocas veces contemplamos a los que han dejado atrás sus mejores días y han elegido una máscara.
Hay que señalar que quienes tienen oportunidad se desmarcan, liberándose de la etiqueta de jóvenes y se incorporan al mundo de los adultos, en el vestir, en el hablar, en el actuar. Los que tienen herencia, los que logran ganar una vacante, los que estudian, los que se relacionan, las que son bonitas. Los que son hábiles socialmente. Esos pocos, ya pudieron, pero los más permanecen en el México del “no se puede porque estamos chavos”.
Son dos realidades diferentes, y entre los oprimidos y los ganadores hay una gran masa que no se atreve, que parecen seguir diciendo “hey, qué pasará”, una consigna que Linda Perry popularizó y que, ciertamente, ya alcanzó la mayoría de edad, sin obtener respuesta alguna.
Si caminas por la noche en las calles, ser joven parece ser un delito cuando no hay qué perseguir sino el ímpetu, el debate y el cuestionamiento del status quo. Ser contestatario, irreverente y agresivo está bien visto en el deporte, en los juegos y mecanismos distractores que retrasan la inclusión social. Y con ello, al aceptar la situación, se matiza y preserva el status quo. De cuando en cuando algunos pocos se incorporan, mayormente muy formales, son quienes entienden la lógica con que funciona el mundo.
Sí, hay que educar a los jóvenes, pero también hay que educarnos para aceptar a los jóvenes y abrir puertas que permanecen cerradas, para todos aquellos que no digieren el hecho de que nuestra iniciativa es México y aun no están allende el Bravo.
Es momento de hacer una reflexión y repensar las políticas de juventud, que deben ser completamente transversales, integrales, preventivas, asistenciales, solidarias y subsidiarias, inteligentes y anticipatorias. Las entidades encargadas de juventud deben dejar de buscar ser gobiernos pequeños, para convertirse en gestores y promotores de auténticas soluciones para la tercera parte de la población en el país. Dejar de preocuparse por protagonizar programas y generar impactos, efectos colaterales con su accionar.
No es posible seguir pensando que las instancias de juventud sean las que brinden distractores, espacios para practicar deportes, etcétera cuando eluden por completo el debate: cómo integrar socialmente a los jóvenes con plena sustentabilidad, que sean verdaderamente constantes sus carreras. Pero también, hay que entenderlo, dentro de los tres órdenes de gobierno, no pareciera siquiera haber espacios de gestoría, los intersticios por donde ubicarlos parecen cerrarse cada vez más.
La educación parece ser la solución, pero no como la que existe actualmente: una educación para una minoría, que genera frustraciones tanto para los que ingresan a un interminable sistema meritocrático en el cual entretenerse mientras llega el tiempo de casarse y tener hijos. Se requiere una verdadera educación de calidad, transformadora, que desenvuelva las potencialidades de la juventud y les permita insertarse con la ventaja de su pujanza en una sociedad abierta para ellos.
Es tiempo de pronunciarse a favor de dejar de ser un sector oprimido, olvidado, laxo, amorfo y posicionar la educación de los michoacanos como la más importante de las herencias y comprometernos a fondo con una educación de calidad, competitiva, que nos permita soñar con vivir donde queramos, que no nos ate al subempleo, a los programas asistencialistas.
Estamos en tiempo de exigir con dignidad el mejor de los activos, que por ley, como derecho humano asiste a todos. Y hay que desearla y buscarla con el mismo ánimo con el cual escapamos de los incontables futuros no deseados que señalábamos hace algunos párrafo, luchando día tras día con la misma intensidad con que se sufre esta metamorfosis, esta transición dolorosa de la cual no todos los michoacanos -como las estadísticas lo dicen- han salido bien librados.
Estoy a sus órdenes en erik.aviles@gmail.com
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